Um palhaço candidato

Por Koldo Campos Sagaseta.

Un payaso, de nombre Tiririca, está conmocionando Brasil no sólo por presentarse como candidato a diputado por el estado de Sao Paulo, sino porque, según las encuestas, además de ganar el cargo podría convertirse en el más votado de Brasil.

Candidato del Partido de la República, Tiririca resume su programa político en un esclarecedor párrafo: “Hola, estoy aquí para pedir tu voto porque quiero ser diputado federal para ayudar a los más necesitados, incluida mi familia. ¿A qué se dedica un diputado federal? En verdad no lo sé, pero vótame y te cuento. Vota a Tiririca porque las cosas no van a empeorar más”.

Y temo que no va a faltar quien pretenda ver en semejante noticia resabios del realismo mágico que se le supone a Latinoamérica y al tercer mundo.

Cierto que con frecuencia se habla de que en Latinoamérica ni siquiera la ficción supera a la realidad. Desde que García Márquez descubriera Macondo, a la crónica diaria latinoamericana nunca le han faltado los Aurelianos, las Rebecas, los Milquíades, las Ursulas…

Bastaría tomar algunos titulares de los periódicos latinoamericanos para confirmar hasta qué punto ni la imaginación más fértil es capaz de improvisar mejores disparates que la cotidiana crónica criolla de cualquier república carnívora o bananera. O repasar la nómina de la mayoría de los congresos latinoamericanos para concluir que sus escaños, por saturados, ya no es posible admitan un payaso más.

El llamado primer mundo siempre ha observado con sorna un alegado subdesarrollo que se describe inevitable, irremediablemente ligado a la biológica condición nativa y cuya razón de ser nada tiene que ver con las leyes que rigen el mundo y sus mercados, sino con una divina idiosincrasia que condena al tercer mundo a reiterar Macondo todos los días del año.

Al otro lado de las fronteras del común esperpento latinoamericano queda la sociedad, el mundo culto, el orden y el progreso, la civilización, la ilustrada referencia que nunca Latinoamérica acaba de apreciar o agradecer.

Y lo peor es que nos lo creemos. De ahí la mofa cuando nos enteramos de que Tiririca puede sumar más de un millón de votos a su empeño de convertirse en diputado brasileño.

Pero ni es la primera vez ni es el primer payaso. Y bien lo saben en Estados Unidos y en Europa que, además de contar con el más amplio surtido de grotescos mamarrachos al frente de sus gobiernos, se esmeran en imponer en el resto del mundo los espantajos de los que, después, hacer mofa.

El actual gobernador de California, Arnold Schwarzenegger, ganó la plaza hace ya unos cuantos años en reñida competencia con un enano de un circo, un luchador de sumo, un editor de revistas pornográficas y una actriz de cine X.

Sin ir más lejos, leía también en estos días, que si Belén Estevan,  triste adefesio de la farándula española, formara un grupo político y se presentara a las elecciones, a no dudar conseguiría representación parlamentaria.

Otros payasos, sólo que a diferencia de Tiririca, con más “belinas” en sus fiestas y más tacón en sus zapatos, pero sin gracia, oficio, ni talento alguno ni para el circo ni para el gobierno, son actualmente presidentes de países europeos y han llegado también a la Casa Blanca para decidir qué países intervienen y en nombre de qué pretextos; cuántos soldados en misión humanitaria desplegarán por el salvaje mundo; cuántas humanitarias bombas redimirán el atraso de los pueblos; a qué infelices visarán su arribo al paraíso y qué otros infelices deberán ser deportados en masa.

(www.cronopiando.com)

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