Qué tomás Abraham?

Tomas Abraham

Por Julio Rudman.

Dicen que es el introductor del pensamiento de Michel Foucault en la Argentina. Al menos entre estudiantes y estudiosos de la Filosofía y otros especímenes de la fauna académica nacional. Si es así, y parece que es, agradecidos todos. Pero eso significa también que estamos ante un individuo culto, formado y pensante (trío que no siempre convive entre tipos de aquella fauna).

Cada vez que lo veo, lo leo o lo escucho, comprendo el espanto que siente nuestro querido Eduardo Galeano cuando alguien lo llama “intelectual”. Ese tipo de tipo que tiene disociados el cuerpo y los sentimientos. Pues, Tomás Abraham, de él estamos hablando, es un prototipo de esa categoría de gente. Me lo imagino siempre caracúlico, enojado con la vida, peleado hasta con él mismo. Cada vez que sonríe (quiero creer que alguna vez le pasa) un rictus, una mueca le levanta la comisura de los labios, fugazmente, para volver, rápidamente, a su estado natural. El fastidio como actitud intelectual, entonces, que no es lo mismo que la insatisfacción que, esa sí, se me ocurre, es la forma de pensar y sentir el tiempo histórico que nos toca protagonizar.

En el N° 449 de “Ñ”, del 5 de mayo de 2012, la revista de cultura del diario Clarín, el periodista Luis Diego Fernández le hace una entrevista, a propósito de la aparición de “La lechuza y el caracol. Contrarrelato político”, su nuevo libro publicado por Editorial Sudamericana. Son 281 páginas en las que Abraham comete declaraciones con desvarío propio de alguien que, impelido por su enojo, arremete a 78 r.p.m. (regurgitaciones por minuto), con la antigua velocidad de aquellos discos de pasta de nuestros años juveniles.

Precisamente, el filosofito aporta un concepto nuevo a las ciencias sociales: “El juvenilismo”, categoría hasta ahora desconocida que, inmediatamente, es calificada como “una estupidez y más si sus portavoces son jóvenes.” Supongo que no fue a Vélez, aunque Tomasito es, dice, un agudo comentarista del fútbol (es bueno recordar su apasionado deseo de que a la Selección Argentina le fuese mal, mientras peor mejor, en el último Mundial y su odio visceral hacia Diego). La juventud recuperó su rol de sujeto político a partir del 2003, impulsada por las medidas inclusivas de Néstor Kirchner. Y eso, cómo no, pone nerviosos a los profetas. Es que la alegría vital, el empuje alegre y la dinámica creativa llevan hasta el paroxismo del insulto a quienes ven diluir sus expectativas de mala onda, materia prima de una época en que lo individual fue amo y señor, por sobre la construcción colectiva. De ahí este calificativo de “estúpidos”, o el de “descerebrados” con que Beatriz Sarlo pintó a algunos periodistas oficialistas, con ese fervor que ponen los conversos cuando se miran en el espejo de su trayectoria y ven una imagen que no pueden soportar.

El libro tiene como subtítulo “Contrarrelato político”, como ya dijimos y está plagado de citas de Foucault, obvio, Deleuze, Nietzsche. Sartre, Gombrowicz y otros padres del pensamiento occidental. En la entrevista Abraham comete el primer desvarío importante. No se trata ya de una opinión. Es, sencillamente, una mentira. Dice, textualmente, que “Relato es una palabra que impuso la corporación cultural K”, cuando es público y notorio que fueron Sarlo y sus patrones mediáticos quienes inyectaron ese concepto en el debate nacional. Además, no quiero dejar pasar el tono despectivo que se hace del grupo de pensadores que postulamos posiciones afines al proyecto nacional y popular. Calificarnos como una corporación me hace acordar a esos mafiosos que creen que los demás son de su misma condición.

“No es un libro anti K” dice, vergonzante, el autor. Es lamentable que esta gente no asuma con valentía sus posiciones. Así como Sarlo compara al gobierno de Cristina con la parafernalia hitlerista para, inmediatamente decir que no quiere hacer lo que hizo, Abraham no se anima a decir que pretende edificar un edificio conceptual que sirva al Grupo Clarín y sus hijos putativos de cara a la batalla cultural que se viene. Para él el kirchnerismo es “una estafa ideológica que usa recursos de la culpa” y pontifica (y pensar que con un pontífice alcanza y, a veces, sobra) que “cuando hay pensamiento no hay adoración. Necesitamos pensar y no creer”. Utiliza, no inocentemente, tres términos vinculados a lo religioso: culpa, adoración y creencia. El primero parece aludir al enfrentamiento con los grupos hegemónicos, civiles y militares, que produjeron un cambio enorme de paradigmas en nuestra sociedad. Andá a contarles a los defensores de derechos humanos que este gobierno no juzgue a los culpables del genocidio neoliberal. Ellos le van a explicar el significado que tiene encontrar los culpables civiles y militares para restaurar el tejido social.

Por otra parte ¿quién le dijo a este pontífice del pesimismo que pensamiento y cariño (lo que él llama adoración) son incompatibles?. ¿No será que, tramposamente, quiere que confundamos adoración o cariño con fanatismo y de ahí, un paso más y de vuelta con la comparación con el nazismo, el fascismo, el estalinismo?

Por último, nos quiere hacer pasar gato por liebre. Creencia y confianza no son sinónimos. Como saben quienes conocen mi trayectoria, soy ateo. O sea, no creyente. Y sin embargo tengo confianza en la profundización del rumbo económico, social, cultural y político que encabeza Cristina y tiene como motor principal a los movimientos sociales y juveniles surgidos en esta época.

Bienvenido el debate de ideas si los que nos involucramos tomamos las pastillas que nos recetó el médico, sin confundir la azul de la mañana con la verde de la noche. En esos casos el orden de los factores suele alterar el producto y llevarnos al delirio y el malhumor.

¿Qué habrá tomado Abraham?

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