O festim dos urubus

Por Ricardo Salgado.
Viendo el revuelo que han querido darle a la celebración del aniversario CXXI de fundación de Partido Liberal de Honduras, nos llaman la atención múltiples comentarios de sus partidarios acerca de todas las “cosas buenas” que hicieron por nuestro país, y como algunos escritores hasta hablan de “gloria” para referirse a los hechos de este instituto político, que, a lo largo del siglo XX, y comienzos del XXI, construyeron, junto con los militares y los otros reaccionarios, una “troika” infernal de entreguismo sin límites.
Sería absurdo negar muchos momentos en los que, especialmente durante la primera mitad del siglo anterior, este partido político aportó una cuota significativa de sacrificio frente a la actitud arrogante de la dictadura. Tampoco podemos obviar que el tan llevado y traído “liberalismo social”, moderno en la época de los fundadores del liberalismo hondureño, pero hoy tan obsoleto como los líderes de esa caduca institución política, era sin duda una propuesta atrevida a finales del XIX. Sin embargo, ciento veinte años no solo reflejan el paso del tiempo, sino un cumulo terrible de resultados amargos para nuestra atrasada sociedad.
 
Desde la administración de Villeda Morales, en la que no se podía obviar la presión de la “Alianza para el progreso”, ni los efectos claros que siguieron a la Huelga Obrera de 1954, el partido cumpleañero no volvió a mostrar una cara progresista. De hecho, hacia el final de su administración Villeda mismo se confabula, con la venia de los Estados Unidos, con las Fuerzas Armadas para evitar el ascenso al poder del líder Modesto Rodas Alvarado. La cúpula de ese partido siempre fue fundamentalmente reaccionaria, a pesar de una elevada membrecía que procedía de la izquierda y otros sectores nacionalistas (de nacionalismo no del partido nacional).
 
Toda esta es una historia conocida, y no valdría la pena mencionarla de nuevo si no estuviéramos frente al mismo partido que a partir de 1980 ha gobernado el país por casi 20 años, con intermitentes apariciones del otro partido conservador que llega a hacer desastres cada ocho años. Este patrón se rompió gracias a la recomposición de fuerzas que se da, en parte por el avance de los movimientos sociales, en parte por el giro político de la administración de Manuel Zelaya, que sin llegar a plantear cambios estructurales o amenazar la existencia de los privilegios de la clase dominante, despertó en el pueblo una visión cierta sobre sus terribles condiciones de vida, y sobre la posibilidad real de que esto podía cambiarse.
 
Ante la creciente inquietud de los Estados Unidos de que pudiera crecer un verdadero proyecto de izquierdas en Honduras, la clase dominante local se embarca en la aventura que culmina con el golpe de Estado del 28 de junio del año 2009, guiada por, al menos, la inteligencia norteamericana y el comando sur. En ese momento, la leyenda democrática y progresista del partido liberal que podía existir en el imaginario de la gente, sufre un duro revés, dando lugar a una confusión frente al mito de que “los liberales nunca participaron el golpes de Estado”.  Esta historia tampoco tiene nada de novedoso, excepto por el hecho de que la coyuntura precipitada por el entreguismo de muchos que ayer celebraban, dio lugar a un nuevo mapa político en el que este partido, y el bipartidismo finalmente encuentran su punto de quiebre; aun frente a la posibilidad de que se fragüe un inmenso fraude en las elecciones venideras, el bipartidismo ya no tiene vida adicional, solamente es capaz de provocar una enorme tragedia dentro de la ya convulsa situación hondureña.
 
Viendo los resultados de los gobiernos liberales y nacionalistas de los últimos cincuenta años (los militares cogobernaron con los dirigentes de estos partidos), no encontramos más que sumisión abyecta frente al poder de los grupos transnacionales, profundización de la miseria del pueblo, y una dosis intensa y permanente de demagogia, que no produjo ningún buen recuerdo para las mayorías que se empobrecieron más y más, cada uno de los diez y ocho mil doscientos cincuenta días que, de una u otra forma, estos políticos han regido los destinos de la nación.
 
La pobreza en que estos señores han sumido a este pequeño y desafortunado país centroamericano es difícil de narrar, menos aún caracterizar acertadamente mediante sortilegios estadísticos. El daño moral y material que le han producido a la nación es intangible, mientras las pérdidas producidas por su mísera visión deben ascender a varios miles de millones de dólares, lo que está ligado a un atraso descomunal y un subdesarrollo generalizado, que abarca todas las esferas de la actividad humana. La sumisión ha guiado a toda la sociedad a ver hacia un horizonte “enano”, que nos condena al tercermundismo y la miseria intelectual, por esa razón sobresalen mercenarios del pensamiento que se atreven a auto denominarse “intelectuales”.
 
La carencia objetiva de un enfoque digno, hizo que el país alcanzara rápidamente el mayor desarrollo de sus medios de producción, sin que los mismos se hayan movido apenas en cien años, lo que al final nos dio un capitalismo a medias, con rasgos feudales en muchos sectores del trabajo, con pocas posibilidades de sobrevivir al salto hacia el precipicio del neoliberalismo. La Honduras de los actos “gloriosos” que invocaron en la celebración están lejos de ser motivo de festejo para nuestro pueblo; por el contrario, una evaluación rápida nos debe llevar a concluir, que esta gente pretende hoy que le demos las gracias por lo poco que hicieron en más de cien años, y nos olvidemos de lo que dejaron de hacer y los crímenes que en nombre de la democracia cometieron contra el pueblo que los eligió.
 
Aprendimos que la realidad objetiva existe fuera de nuestra consciencia; sin embargo, por cuestiones de conveniencia, estos políticos confunden la realidad con su enfoque subjetivo de la misma, olvidando que los resultados catastróficos que tenemos frente a nosotros, no dejan duda de lo que verdaderamente han hecho. Si tuvieran un poco de decencia, guardarían silencio y esperarían que la ya interminable indulgencia del pueblo dejara de pedirles cuentas por un siglo de oscuridad, pero no es así, pretenden seguir cultivando sus privilegios, pasándolos de generación a generación, como que fueran derechos divinos.
 
Afortunadamente, el pueblo tiene ahora la oportunidad de ajustar cuentas con la historia, sepultar toda la ignominia que encierran esos ciento y pico de años de tragedia, y comenzar a escribir la historia que nos merecemos.  No debemos dejar de ver el país que tenemos, y recordar cada minuto a quien se lo debemos, entonces, que guarden el pastel los buitres y saquen la carroña, eso es lo que les corresponde.

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