Macri, a nova doença argentina

Por Débora Mabaires, Buenos Aires, para Desacato.info.

Tradução: Elissandro Santana.

(Port./Esp.)

Nestes dias, veio a público uma conversa que o presidente Mauricio Macri teve com alguns de seus amigos íntimos, na que afirmou, sem corar, que há argentinos “que freiam a mudança do país”. Ademais, cita uma cifra: 562. Essa é a quantidade de argentinos que o preocupa: “Se pudéssemos colocá-los em um foguete para a lua, o país mudaria tanto…”.

Sem eufemismos, Macri fala de fazer com que pessoas desapareçam. No entorno do presidente, o populismo está entre os fatores mais concentrados nesse grupo de “562” onde estariam juízes, jornalistas, sindicalistas, políticos e empresários.  Se isto não é insuflar o terror a partir do Estado através dos meios de comunicação, parece muito.

Macri esclareceu, de acordo com o jornal de maior circulação na Argentina: “A cifra foi inventada por mim, mas não deve estar longe da realidade”. Para que não fiquem dúvidas de que o número poderia aumentar se os véus presidenciais o exigissem.

Uma ameaça para toda a sociedade argentina que é feita quando milhares de pessoas estão protestando nas ruas pedindo a aparição do jovem Santiago Maldonado, sequestrado pela Gendarmería Nacional em meio à repressão à comunidade Mapuche no dia 1 de agosto.

Tudo isso em um país com Milagro Sala presa, uma opositora a quem todos os dias inventam uma causa ridícula.

Ele diz isso em um país onde um delegado sindicalista, Damián Straschenko, da Associação Luz e Força, foi envenenado com água pesada na central nuclear de Atucha. Quando fez a denuncia penal, a empresa o acusou de sabotagem e o juiz, amigo do governo, passando por cima de vários procedimentos jurídicos, aceitou isso, pelo que a empresa o demitiu. Agora Damián Straschenko está envenenado com radioatividade, desempregado, sem assistência social que lhe cubra o tratamento médico e processado judicialmente.

Como a praga, as políticas e as palavras de Mauricio Macri corroem a sociedade: o desemprego, a fome, a pobreza e a indigência são hoje os males que nos afligem. Uma dessas políticas é o novo plano de saúde que tenta impor com o pomposo nome de Cobertura de saúde unificada e que anuncia isso como uma “solução para aqueles que não têm trabalho social”. Como Damien Straschenko ou os milhares de demitidos…

Na Argentina, a assistência hospitalar é gratuita e universal desde 1946. Qualquer pessoa que tenha um problema de saúde pode ser atendida em qualquer hospital público, gratuitamente, seja qual for o problema de saúde. Com o novo plano de Macri haverá uma cobertura básica de saúde nos hospitais e, pelo restante, a população deverá pagar.

Claro, haverá exceções, porque algo que caracteriza o governo de Mauricio Macri é fazer a lei para deixar a armadilha pronta: se alguém precisar de algum dos benefícios que não estão cobertos, um grupo de funcionários atrás de uma escrivaninha na Cidade de Buenos Aires decidirá se o Estado pagará pelos cuidados médicos.

Desta forma, favorece o clientelismo político, uma vez que uma família que está desesperada porque não pode pagar um tratamento pedirá ajuda para adiantar o processo, obtendo os cuidados necessários de saúde. Remover o cuidado médico de alguém apenas para concedê-lo como uma “exceção” e para obter seu agradecimento (e seu voto nas eleições futuras) deve ser um crime contra a humanidade. Mas não é. É uma prática política dos miseráveis.

Macri diz para os doentes pobres irem morrer em casa porque não os ajudará, nem os tirará da pobreza, nem lhes dará emprego, nem informação sobre a prevenção de doenças.

Macri, o homem multimilionário graças a seus contratos com obras públicas, aquele das empresas offshore, da lavagem de dinheiro, aquele que viu suas dívidas estatizadas pelo menos 4 vezes nos últimos 40 anos, diz que quer fazer desaparecer os oponentes, e começou a inocular pobreza e cinismo para colocar os argentinos em um foguete para a lua, sem escalas.


Macri, la nueva enfermedad argentina

Por Débora Mabaires, Buenos Aires, para Desacato.info.

En estos días se conoció una charla que el presidente Mauricio Macri tuvo con algunos de sus allegados, en las que dice, sin sonrojarse, que hay argentinos “que frenan el cambio del país”. Cita,  además, una cifra: 562. Esa es la cantidad de argentinos que lo tienen suspirando: “Si los pusiéramos en un cohete a la Luna, el país cambiaría tanto...”

Sin eufemismos, Mauricio Macri habla de desaparecer gente. En el entorno del Presidente dicen que el populismo está entre los factores que más se concentra en ese grupo de los “562”, donde estarían jueces, periodistas, sindicalistas, políticos y empresarios.  Si esto no es insuflar el terror desde el  Estado a través de los medios de comunicación, se le parece demasiado.

Aclaró Macri, según publica el diario de mayor tirada en Argentina: “La cifra es inventada por mí, pero no debe estar alejada de la realidad”. Como para que no queden dudas de que el número podría ampliarse si las veleidades presidenciales así lo requirieran.

Una amenaza  a toda la sociedad argentina, que es hecha cuando miles de personas manifiestan en las calles pidiendo por la aparición con vida del joven Santiago Maldonado, secuestrado por la Gendarmería Nacional en medio de la represión a la comunidad mapuche el pasado 1º de agosto.

 Lo dice en un país con Milagro Sala presa,  una opositora a la que todos los días le inventan una causa ridícula.

Lo dice en un país en el que un delegado sindical, Damián Straschenko , del gremio Luz y Fuerza, fue envenenado con agua pesada en la planta nuclear de Atucha. Cuando hizo la denuncia penal, la empresa lo acusó a él de sabotaje, y el juez, amigo del gobierno,  violando varios procedimientos jurídicos, aceptó esto, por lo que la empresa  lo despidió. Ahora Damián  Straschenko está envenenado con radioactividad, desempleado, sin obra social que le cubra el tratamiento médico y procesado judicialmente.

Como la peste, las políticas y las palabras de Mauricio Macri han ido corroyendo a la sociedad: desempleo, hambre, aumento de la pobreza e indigencia son hoy los males que nos aquejan.  Una de esas políticas es el nuevo plan de salud que intenta imponer con el pomposo nombre de Cobertura Única de Salud, y que anuncia como una “solución para aquellos que no tienen obra social”. Como Damián Straschenko, o los miles de despedidos…

En Argentina, la atención hospitalaria es gratuita y universal desde 1946. Cualquier persona que tenga un problema de salud, puede atenderse en cualquier  hospital público, de manera gratuita, sea cual sea la afección. Con el nuevo plan de Macri, habrá una cobertura básica de salud en los hospitales, y por el resto de las prestaciones habrá que pagar.

Por supuesto, habrá excepciones, porque si algo caracteriza al gobierno de Mauricio Macri, es hacer la ley para dejar la trampa tendida: si alguien necesitara alguna de las prestaciones que no están en esa cobertura, un grupo de empleados tras un escritorio en la Ciudad de Buenos Aires, decidirán si el Estado pagará o no su atención médica.

De este modo, favorece el clientelismo político, ya que una familia que se encontrara desesperada porque no puede pagar un tratamiento, acudirá al puntero del lugar para agilizar el trámite y lograr la atención sanitaria que necesita. Quitarle la atención médica a alguien sólo para concedérsela como “excepción” y lograr su agradecimiento (y su voto en elecciones futuras)  debería ser un crimen de lesa humanidad. Pero no lo es.  Es una práctica política propia de los miserables que sólo consiguen la atención del pueblo mediante extorsiones.

Macri le dice a los enfermos pobres, que deben irse a morir a su casa porque no va a ayudarlos, ni a sacarlos de la pobreza, ni a proveerles trabajo, ni brindarles información  para la prevención de enfermedades.

Macri, el hombre multimillonario gracias a sus contratos con obras públicas, el de las empresas off shores, el del blanqueo de capitales, el que vio estatizadas sus deudas al menos 4 veces en los últimos 40 años,  dice que quiere desaparecer opositores, y empezó a inocular pobreza y cinismo para meter argentinos en un cohete a la luna, sin escalas.

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