Danilo inquieto e Hipólito P da vida

Publicado em: 18/08/2011 às 21:50
Danilo inquieto e Hipólito P da vida

Por Narciso Isa Conde.

Los cables no son de Wikileaks, sino de las embajadas estadounidenses al Departamento de Estado-USA; y contienen informaciones y valoraciones vertidas por diplomáticos y espías de esa súper-potencia, ubicados en casi todos los países del mundo, entre ellos la República Dominicana.

Es difícil encontrar la frontera que separan a chismosos de espías o calieses, porque  ambos tienen mucho en común.

Hay chismes que son mentiras y chismes que son verdades o medias verdades. Hay inventos infundados y también decires que se transmiten basados en datos ciertos. Hay informaciones veraces y apreciaciones personales más o menos acertadas, o más o menos erráticas.

Por siglos los EEUU han contaminado sus relaciones diplomáticas en el mundo con sus planes de sometimiento, espionaje, guerras e intervenciones políticas y militares.

Esa realidad está reflejada en los cables de “la embajada” filtrado a Wikileaks por un soldado estadounidense ubicado en el área de inteligencia del Departamento de Estado.

Los cables correspondientes a nuestro país no son la excepción.

La revelación de esos cables secretos ha incomodado al poder estadounidense, porque su contenido denuncia esa su manera taimada y perversa de operar y genera una gran desconfianza e inseguridad en sus propios confidentes o soplones y en políticos y funcionarios serviles.

 

Por eso la reacción airada de su actual embajador Izaguerri y su intento de descalificar esas informaciones enviadas a Washington por sus antecesores, atribuyéndole el carácter de “chismes”; tal y como previamente lo hicieron políticos y funcionarios dominicanos  implicados o señalados  dentro de ese “caliesaje” revelador del proceso de putrefacción del Estado local y la llamada clase gobernante.

En claro que ni los EEUU, ni nadie, se ha atrevido a negar la autenticidad de esos mensajes, debidamente numerados y archivado. A lo sumo se cuestiona si su contenido es cierto, inventado, deformado o inexacto.

Soy de los que creo que esta sociedad tiene capacidad para apreciar cuanto de verdad o de mentira, de apreciaciones certeras o valoraciones antojadizas hay en esos informes cifrados y cablegrafiados.

De mi parte entiendo que se trata de hechos, contactos y maniobras conocidas; a las que se les agregan circunstancias, testimonios, detalles y apreciaciones de algunos de los actores involucrados y de los receptores de las confesiones.

Considero que esos reportes secretos se aproximan a la realidad, a los hechos, a la manera de ser y proceder de sus protagonistas; siempre impregnados de la cultura imperial de sus redactores

La cuestión es que los que salen mal parados en esos informes no quieren admitir su veracidad y se empeñan en descalificarlos con frases y epítetos que no convencen; contando ahora los “chismoseados” y “chismosos”, en la proximidad de las elecciones,  con el interés diplomático del actual embajador de EEUU de “reparar” chapuceramente la “indiscreción-filtración” del maltrato clandestino canalizado por sus antecesores; “indiscreción” que ha dañado más aun la imagen de sus aliados, todavía figuras relevantes en la competencia política-electoral pendiente.

  • Danilo e Hipólito

Analicemos dos casos relevantes derivados de los cables mas recientes.

Danilo se intranquilizo. Se “entruñó”. Y negó haber dicho lo que dijo, al extremo de considerar la conversación referida por “la embajada” como pura invención o fantasía.

No pidió, sin embargo, desmentido o pronunciamiento preciso de “la embajada” en cuanto a la veracidad o no de la reunión descrita en el cable publicado y del contenido de la conversación desplegada. No le exigió la negación de la existencia del cable y/o la  admisión de la falsedad de la entrevista con el jefe de los consejeros gringos.

Es claro para mí que Danilo pudo decir  lo que dijo y que el contenido de ese texto concuerda con su manera de pensar, ser y actuar. Y por eso no se decidió a demostrar la supuesta falsedad de esa conversación deshonrosa, como lo fue la de Leonel con Hertell.

 

El problema es que Danilo, como actual candidato presidencial del PLD, tiene tres razones pesadas para  negar la conversación denunciada y los términos de la misma. Observemos:

  • Admitir sus críticas y su animosidad contra Leonel Fernández, equivale a echarle “ají tití” a las heridas internas y afectar el pretendido pacto entre leonelistas y danilistas, que hasta podría incluir a Margarita Cedeño (“primera dama”) en la candidatura vice-presidencial, tal y como recientemente ella misma lo insinuó.
  • Reconocer que dijo que Miguel Vargas Maldonado ha incurrido en actos de corrupción, es dañar definitivamente la posibilidad de aprovechar electoralmente la contradicción de éste con Hipólito Mejía al interior de PRD.
  • Aceptar que afirmó que el tema de la corrupción es muy grave en los partidos políticos y que estos reciben directa e indirectamente dinero del narcotráfico, es exponerse a ser compelido a señalar nombres de sus colegas dirigentes, generales afines, facciones y situaciones comprometedoras para la cúpula del PLD o, en su defecto, auto-inculparse con el silencio de complicidad por encubrimiento. Más cuando por ahí rondan los casos de Freddy Pérez, Florentino y Florentino, Margarita Gómez, Medina y Medina y Leonel, Guzmán Fermín-Mateo Rosado y ATIEMAR, y las fotos de Leonel con Arturo del Tiempo Marques y con Nelson Solano. Otro tanto parecido a lo que acontece en el PRD con otros actores de igual calaña.

 

Por esas tres razones de “fuerza mayor”, Danilo optó por borrar de su memoria esa conversación, sorprendentemente develada. Prefirió decir una mentira evidente y a toda luces ridícula, como es negar la existencia de la entrevista, antes que ponerse a explicar lo que dijo y porque lo dijo.

 

Por otra parte, en uno de los cables más recientes, la Cónsul General de EEUU en el país cuenta como en el 2004 el Presidente Hipólito Mejía maniobró para controlar la Suprema Corte de Justicia desde el Consejo Nacional de la Magistratura con el propósito -dice ella- de proteger a sus colaboradores metidos en la corrupción.

Nada nuevo bajo el sol revela ese cable. Ese proceso estuvo a la vista precisamente para esa fecha.

Lo nuevo es saber que los padrinos mayores de la clase dominante-gobernante dominicana admitieron discretamente el hecho y luego hubo quien lo sacó de la secretidad convenida.

Digo más. Hipólito hizo eso -como Leonel lo hace ahora- para autoprotegerse, para ponerle otro “candado” a la impunidad y no depender de la “buena voluntad” de quien podría sucederle en la “silla de alfileres”.

No soy de los que se traga el cuento de que los ladrones o corruptos, los agentes y  beneficiarios de la corrupción, son únicamente los que “rodean” a los presidentes, cuyas  gestiones de gobierno por sus culpas se ven plagadas de delitos mayores, sin que éstos tengan responsabilidad en el desarrollo de esas aberrantes situaciones.

 

Los jefes y principales beneficiarios de la corrupción de Estado y de la impunidad que la protege, por vía directa o indirecta, son precisamente los presidentes de esos regímenes, y esto es válido para Hipólito y para Leonel, como también para las cúpulas del PLD y del PRD.

Las élites de la partidocracia corrompida de esos partidos y el presidente de turno tutelan, se benefician y protegen las fuentes de corrupción y narco-corrupción en el Congreso, FFAA, PN, DNI, DNCD, alcaldías, sistema judicial, gobierno central, gabinete y partidos.

No hay real separación ni independencia de poderes, aunque si choques ocasionales en su seno, o entre ellos; siempre en función de las contradicciones entre el PLD, el PLD, PRSC y aliados, y de las correlaciones de fuerza partidista al interior de las instituciones estatales.

Aquí existe una dictadura institucionalizada bipolar, altamente corrompida, apadrinada por EEUU, cuya embajada interviene en el día a día de sus instituciones y funcionarios.

Los cables publicados ayudan a desnudar esa realidad encubierta. Y si a eso se le llama “chismes”, pues que vivan “esos chismes” y su divulgación.

 

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